Me calan las estrellas sobre la piel de tu noche. Y sucumbo al embrujo de su enigma. Me sostengo al candil de tu nombre y te bebes la ternura del alma mía. Me despojo de mis relámpagos y me estremezco a tu respiro que recorre mi piel hambrienta. Viérteme el mundo de melodías. Y acaríciame hasta el último bucle de mis espejismos. Encúmbrame con tus labios flameantes. Y del filamento de la luna borda mi agonía. En el altar de nuestros secretos. Es el candil del corazón que mira y no calla. Es la flor que se abre ante ti y cae en rocío. Por un cielo que también besa nuestros labios.
Mi silencio, sabe a trozos de melancolía pedazos incomprendidos de amnesia. Trozos de vuelos rotos sobre senderos austeros y sin retorno. Trozos que aguijonean la paz rasgando la voz de pájaros sin nido. Mi silencio, sabe a resignación. A lágrimas de ríos de mala leche sobre dos cuencas desoladas.